Los olvidados de la Chaca

Las manos de Antolina tiemblan. Es el mal del Parkinson, que en la definición médica, es una enfermedad neurodegenerativa y ataca la capacidad de movimiento de las personas, principalmente en brazos y pies, pero que además genera rigidez muscular y temblores, como otros trastornos.

Antolina Giménez viuda de Espínola, en el minúsculo pasillo de su casa y la pared del club 3 de Febrero.

Hasta hace un par de años, Antolina no sabía lo que era esta enfermedad, pero cuando le diagnosticaron, tuvo que empezar a tratarse. Desde que enviudó, su hija Leopoldina se hizo cargo de ella, ya que el dinero que le corresponde de la pensión alimentaria por el programa de Adultos Mayores prácticamente se destina en su totalidad a la compra de medicamentos, y muchas veces, no alcanza.

Las manos de Antolina tiemblan. Está sentada en un estrecho pasillo que está a punto de llenarse de agua, entre la muralla del club 3 de febrero de la Chacarita y las paredes de su casa. La mujer tiene puesto en su muñeca izquierda una pulsera con los colores de Cerro Porteño que tiene una pequeña cruz. Es mediodía de un lunes y la temperatura es la más alta desde que entró la primavera, con casi 40 grados de sensación térmica.

Antolina Giménez tiene 68 años y desde niña vive en la Chacarita baja, que los vecinos conocen como “zona del 3” por estar cerca del club 3 de Febrero. Con la crecida del río Paraguay, gran parte de la Chacarita baja quedó bajo agua y con ello muchas familias tuvieron que refugiarse en zonas más altas. Otras, sin embargo, se quedaron a vivir con el agua hasta el tobillo.

El problema de los desplazados por las inundaciones de las zonas bajas de Asunción ocasionadas por la subida del río Paraguay no es nuevo, pero hasta ahora no hay una solución definitiva al tema.

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“Lo que nosotros pedimos es que ya no nos mientan, porque hicimos muchas reuniones en donde nos decían que íbamos a tener soluciones definitivas, como por ejemplo tener una reubicación final, pero todo quedó en la nada” dice Leopoldina Giménez, una de las hijas de Antolina y que a su vez tiene otros cuatro hijos pequeños.

Leopoldina tiene la piel morena. Habla con energía, se expresa casi con vehemencia. “Por fin viene la prensa a saber un poco la verdad” dice, casi como reclamando que nadie escucha la voz de su barrio.

La casa en donde viven Antolina y Leopoldina con sus hijos es pequeña. Está ubicada frente a uno de los portones que da a la cancha del 3 de Febrero, lo que da un pasillo estrecho que separa las casas del murallón de la cancha y que en estos días, está prácticamente inundado.

Leopoldina Giménez cuenta que desde que se construyó la Costanera, van tres inundaciones que soporta.

“Hay que decir la verdad, todo esto que nos pasa es porque taponaron la salida de agua por la construcción de la costanera. Desde que construyeron, nosotros tuvimos tres inundaciones, algo que no ocurría con nuestra zona. Taponaron las salidas de agua y nos dejaron prácticamente en una zanja gigante” dice Leopoldina.

La situación en la zona del 3 de Febrero es de incertidumbre para las familias que se niegan a dejar sus casas. La solución, aún provisoria, viene de la Secretaría de Emergencia Nacional (SEN) que ofrece hogares transitorios en zonas más altas, además de proveer elementos como chapa, zinc, tablas de madera, como para que los damnificados puedan construir sus propias casas.

“Nosotros somos 8 hermanos, cómo vamos a ir a estar en una casa provisoria que es apenas para una pareja, o para tres o cuatro personas. Es imposible” expone Leopoldina.

Nelly Concepción Duré es una mujer de 52 años, flaca y calza unas zapatillas negras entre dedos. Viene de la despensa, de donde compró medio kilo de galletas y un hielo. Nelly tiene muchas ganas de hablar. Invita al equipo de La Nación y GEN para ir hasta su hogar.

Para llegar a su casa, hay que internarse en un pasillo que de forma preventiva, tiene una especie de puente de madera para escapar a cualquier raudal. El mínimo patio está totalmente inundado, y para entrar a su casa, Nelly pone maderas que sirven de pisadores.

Como el agua filtró varios pozos ciegos de la zona, lo que sale a flote además de basura, son materias fecales. El ambiente tiene un tufo agobiante, que la humedad se encarga de hacerlo más pesado. Es mediodía de este lunes intenso y el sol que azota a Asunción hace que parezca irreal que alguien pueda vivir en esas condiciones. Aunque esto no es vivir, sino sobrevivir.

“Ya ven cómo vivo, estoy viviendo en el agua. Me piden que saque mis cosas y que va a estar un camión para llevar, pero de qué me sirve a mí que pongan un camión, para quedarme en la calle” - dice Nelly, mientras un par de gatos logra mantenerse totalmente limpios entre las basuras acumuladas con el agua.

El patio de la casa de Nelly Concepción. En estas condiciones insalubres vive con su familia.

La mujer cuenta que no tiene dónde ir, por eso es que aguanta con sus hijos pequeños en esa condición. Como su casa es de material, no puede llevar – porque literalmente, algunos vecinos que tienen casa de madera y zinc llevan sus casas a cuestas para reubicarse – ya que no está en la lista de beneficiarias de la SEN para estos casos.

Una parte importante de las familias de la Chacarita baja depende de los diversas actividades que se generan en el centro de Asunción. Los mayores se dedican principalmente a la recolección de basura y reciclaje, además de cuidar autos en el centro.

Los más jóvenes son lustra botas en las oficinas estatales o por las calles. También están los vendedores ambulantes y quienes tienen sus propios puestos, por ejemplo, de venta de remedios yuyos, empanadas, etc. La vida laboral, para esta gente, está en el centro de Asunción y es justamente una de las razones por la que se niegan a ir lejos de la “Chaca”, como una solución definitiva al drama que sufren cada año.

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La Secretaría de Emergencia Nacional (SEN) tiene registrado un total de 734 familias desplazadas de la zona de la Chacarita baja a lugares de refugio transitorio en lo que va de esta crecida. Solamente en Asunción, esta institución registra 102 albergues, de los cuáles al menos cuatro dependen exclusivamente de la gestión y administración de la SEN.

Según el funcionario de la SEN Luis Zorrilla, encargado del área de trabajo de la Chacarita, el sistema de trabajo que se mantiene en estos casos es que las familias tienen que salir de la zona inundaba para que se les pueda proveer de los materiales para la construcción de viviendas transitorias.

Por su naturaleza, la SEN no es la institución estatal que tiene a su cargo la solución definitiva para un problema tan amplio. Sin embargo, los recursos y datos que maneja puede servir para que se pueda encontrar al menos, una posibilidad.

“A las familias que están con mayor grado de vulnerabilidad, además de proveerlos de los materiales para las casas también les damos colchones, camas, provisiones de comida. Estamos tratando de cumplir con todo lo que tenemos” dice Zorrilla.

Actualmente, de la Secretaría de Emergencia Nacional dependen 1.751 familias, ya sea en la provisión de hogares temporales como de alimentos. Son familias que se quedaron prácticamente sin nada. A nivel general, el número de familias reubicadas – incluyendo todas las zonas afectadas por el río Paraguay como los bañados Norte y Sur y la zona baja de Sajonia – suma cerca de 6.000 familias, de acuerdo al último reporte oficial de la SEN.

El equipo de emergencia de la SEN trabaja en forma coordinada con la Municipalidad de Asunción, a los efectos de tener un registro unificado sobre cantidad de familias afectadas por las crecidas, pero remediar definitivamente esta situación requiere de una política de Estado.

En la última gran subida del nivel del río Paraguay, en diciembre de 2015, cerca de 100 mil personas se desplazaron de sus hogares. En aquella oportunidad, el nivel del cauce alcanzó los 7,60 metros, un pico que se convirtió en la mayor crecida de los últimos 20 años en Asunción, superando los 7,15 metros de julio de 1998.

Según las previsiones que manejan en la SEN, este año se podría llegar a un aumento de 6,8 metros en el nivel del río Paraguay para diciembre. Pero eso dependerá de que se cumplan las lluvias previstas.

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Rosana Zayas se considera chacariteña de corazón y fanática del club Oriental, una institución insignia de la vida del “bajo” y que en momentos así, muestra su lado solidario. El club habilitó el tinglado de la entidad en el corazón del barrio para albergar a familias desplazadas. Actualmente hay 8, pero por el espacio se espera a más gente en los próximos días.

La SEN tiene contabilizada 734 familias que fueron desplazadas de la zona baja de la Chacarita por la crecida del río Paraguay.

Otro de los problemas que tienen las familias desplazadas al dejar sus casas son los robos. Rosana Zayas por ejemplo cuenta que la última vez que tuvo que dejar su vivienda – en el 2015 – le robaron casi todo lo que tenía dentro.

“Así como hay gente que ayuda, hay otra que aprovecha. Van en bote, entran por el techo o incluso hacen un boquete para llevar más cosas. Es muy triste, pero es también la realidad que nos toca vivir” dice Rosana. La mujer, de 72 años, tiene 9 hijos, 24 nietos y 10 binietos. Todos viven en la Chacarita.

Don Luis Villasanti (77), esposo de Rosana, dice que hasta ahora no recibieron ayuda estatal y que, al igual que las demás familias, se ubicaron en el club Oriental por cuenta propia. Asegura que no es fácil vivir en esta situación y que a su edad, ya todo le resulta más difícil.

La reflexión de don Luis es que para algunos la vida nunca fue fácil. Recuerda un poco su época de futbolista, defendiendo los colores del Sportivo Luqueño y por supuesto, de Oriental.

“Soy socia vitalicia, durante 35 años lavé las camisetas de los equipos de Oriental, el club es mi casa” dice doña Rosana, mientras sorba su tereré.

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Las manos de Antolina tiemblan. Un perro flaco busca alimentos entre las basuras acumuladas de uno de los pasillos atestados de agua y desperdicios de todo tipo. Antolina pide que por favor no le falten sus medicamentos, ya que no puede controlar sus temblores y le da miedo estar así. Casi se olvida que está viviendo con el agua hasta sus tobillos.

“Para mí la Chacarita se resume en humildad, trabajo, dignidad y respeto, porque todo eso encontrás acá” dice Lepoldina, mientras saluda a su hijo de 11 años que llega a la casa después de lustrar botas en el centro.